domingo, 15 de abril de 2012

Indicios de una noche

La madrugada nunca ha sido un buen momento para soluciones, con frecuencia, no trae otra cosa más que complicaciones. El sueño nos provoca toda una secuencia de sensaciones que nos invitan a la impulsividad, a la inconsciencia. A partir de media noche, las llamadas son inapropiadas, las confesiones burdas y las verdades inverosímiles. Son horas que pasan por la piel y la razón nunca las toca. Son incoherencia, son ineptitud.
Contigo nunca me ha molestado mi locura.
Hace tiempo que no encontrábamos la manera. Fue un desencanto progresivo por ambos bordes. Lo intentamos salvar, nunca podrás decir que no lo hicimos; era difícil develar la verdad, aceptarla. Podía ver cómo todo lo que habíamos construído se iba derritiendo entre mis manos y mientras se fugaba la memoria, florecía el olvido. Fue tan momentáneo; a la vez, muy evidente. 
La comunicación comenzó su descenso. Las apariciones eran menos frecuentes: físicas y mentales. Mi silencio fue prolongándose mientras tu paciencia se iba agotando, era cuestión de meses, días, horas; en cualquier instante, íbamos a claudicar. Me distraje, con todo y nada, conmigo y sin ti; perdí la vista y con ello, te estaba perdiendo a ti. Te sentí tan segura, tan eterna, sin sentirte viva, triste, abandonada por mí. Fue una ceguera voluntaria, pero jamás un daño intencionado."You caused it" sonaba al mismo tiempo que la noche se adentraba más. 
El silencio había cambiado de lugar y el tono de espera era todo lo que recibía de ti. Te marqué pasando ese límite de la cordura y todo colapsó; un destino inevitable que me hubiera gustado poder evitarlo por teléfono; no hubo otra opción. Dejé de contar mis súplicas cuando el eco de tu negativa comenzó a estrangular mi voz. El tiempo era medido por las personas que pasaban junto a mí y, con indiferencia, se preguntaban la razón de mi inquietud. Nunca había escuchado tu voz tan vacía, un 'no' tan sobrio. Con la mirada, recorrí mi entorno e intenté buscar un punto de consuelo: una esperanza. 
Tuve la intención de correr, hacia ti o a donde fuera. Mis palabras no alcanzaron, mis acciones habían hablado mucho antes. La oportunidad me había alcanzado antes de haber tomado la decisión, no pude hacerlo bien; mi movimiento se veía limitado sobre mi propio eje, después de tus palabras no supe a dónde moverme. Un par de risas logré que acariciaran un poco la congoja, momentos después, el fin había penetrado mis oídos; un frágil adiós.
Será una vida sin ti, difícil como lo fue antes. La sonrisa y el llanto siguen coincidiendo sobre el transcurso del día, aún no se organiza el sentimiento. Culpa, pena, alegría, catarsis; unas vienen acompañadas de la reiteración de mis tropiezos, otras con la esperanza de volverte a encontrar, de verte una última vez (o una primera). Te debo tantas de mis estructuras que existiría un vacío de no haberte encontrado. 
Escribo porque quiero dejarte sanar; hacer bien una última voluntad mutua. Busco evitarte un último y constante mal que es mi melancolía. No habrá disculpa más grande que mi silencio como reflejo del acatamiento a tu voluntad. Será compensación por haber callado cuando necesitabas escucharme: Callar cuando quiero gritar. 
Te dejo porque te amo. Porque te amo bien, te amo feliz y ahora, más que otorgar tu bienestar, te lo impido. Si las cartas aciertan, regresaré por ti y, sin pretensiones de tu espera, volveremos a ser como fuimos, como siempre serás en mi recuerdo: perfecta. Cerraré el libro un tiempo, con la esperanza de encaminar un poco mis pasos, que eventualmente me lleven a ti y que me alejen de ese pasado tan destructor. Dejarás de ser presente para convertirte en futuro y en mi línea final sólo buscaré encontrarte a ti; con la mirada fija en toda tú, en todo lo que eres, con todo lo que representas y significas. 
La madrugada implica la mezcla entre el sueño y la realidad. Por la mañana pensé que todo había sido producto de una inquieta fantasía, nada terminó; fue hasta que sobre mi piel encontré vestigios de luz de noche, de polvo de tristeza y frío de un adiós. 

jueves, 5 de abril de 2012

Se busca remitente.

Llevo más de una semana intentando escribirte algo, algo digno de ti. Quizá si supiera de dignidades sabría escribirte. Intenté dedicarte cartas pero no me sabía tu código postal, lo he ido preguntando por ahí pero a nadie parece importarle más el servicio postal. Viajé más de dos horas para dejarlas en la puerta de tu casa para descubrir que te habías mudado, ni siquiera dejaste rastro de tu paradero con tus detestables vecinos. Le sumé a mi trayecto un par de horas más para encontrarte a la salida del trabajo y sólo encontré tu puesto de estacionamiento vacío. Algún colega tuyo me dijo que te habían transferido, no me supo decir a dónde. Busqué en mi antigua agenda tu número de teléfono y sólo encontré un rayón, el papel y sus arrugas recordaban que no lo había borrado del todo tranquila, pero, en un pedazo de servilleta entre las hojas viejas de la libreta, encontré la dirección de tus padres.
Preparé las maletas para visitarlos y gasté un poco más de lo previsto en los pasajes, el transporte foráneo está excesivamente sobre valuado. Al llegar tuve que tomar un taxi pues el pueblo estaba cambiado, nuevos caminos y pavimentaciones por donde yo volteara. Al llegar, tus padres me recibieron con calor, siempre han sabido lo mucho que te he querido; no obstante, no supieron decirme dónde te podía encontrar (o no quisieron hacerlo). Insistieron de más en que te dejara las cartas con ellos pero con escepticismo de sus buenas intenciones les reiteré que yo tenía que ser la que te las entregara. Me despedí de tu madre y entró a la casa, tu padre me acompañó al pueblo a tomar mi camión de regreso. Me comentó de la oferta de trabajo que te había llegado después de tu transferencia pero que él nunca supo si la habías aceptado, fueron escasos los detalles que compartió; sin saberlo, no quería dejar de ser cómplice de tu desaparición.
Las cartas se iban acumulando conforme pasaban los días sin encontrarte, cada vez que viajaba a una de las sucursales de la supuesta empresa en la que trabajas tenía que dejar un poco de equipaje para que el papel no se arrugara en tan poco espacio. Por fin llegué a un edificio donde al parecer tenían tu nombre entre los empleados de nómina, pero la señorita del mostrador se negó a darme más información. Tuve que sentarme en la recepción esperando coincidir con tu horario de entrada o de salida; así estuve tres días desde que comenzaba la jornada laboral hasta que el vigilante cordialmente me sugería "regresar a mi hotel a descansar". Sólo que ahora mi tiempo no lo invertía en mi sueño sino en mis letras, que se seguían acumulando con tu nombre de remitente. Ya no sabía el orden que debían llevar los sobres, todas las fechas estaban inscritas dentro y a contraluz no se alcanzaban a distinguir entre tantas letras y tanto blanco.
Al cuarto día me encontré con el que perecía ser tu jefe, me comentó que habías tomado un permiso laboral y que, por falta de relación filial entre las dos, no tenía permiso de develar tu destino. Antes de que subiera al elevador, observando mis gestos de incertidumbre, me comentó que aunque tuviera el permiso no sabría a dónde encaminar mi búsqueda pues los empleados de tal jerarquía no estaban obligados a informar de sus actividades extra laborales. Me entregó una tarjeta y me señaló un número telefónico -quizá ahí te puedan ayudar- y siguió su camino burocrático en el ascensor.
Para ese entonces había tenido que comprar otra maleta para empacar las centenas de sobres que había sellado. Cada vez variaba más el tamaño y la textura de los mismos, no recuerdo cuándo comencé a añadirle objetos que te recordaran, canciones o viejos discos que solías escuchar; quizá uno que otro souvenir de los distintos hoteles en los que, en tu búsqueda, me había hospedado. Marqué un par de veces al número de la tarjeta sin obtener respuesta, fue hasta un último intento, ya casi con la derrota entre los dedos, que una voz áspera y ejecutiva dio fin a los tonos de espera. No supo contestarme cuando pregunté por ti, fue hasta que mencioné tu nombre completo que te pudo identificar, al parecer habías dejado de usar tu segundo nombre después de casada; me comentó que a él le gustaba más el primero y que a partir de ahí comenzaste a presentarte con la gente con ese nombre que antes tanto odiabas.
Para ser tu esposo sabía exactamente lo mismo que tu jefe, habías salido de vacaciones. No hubiera tenido que pasar por una plática incómoda de haber sabido que me diría exactamente lo mismo; sin embargo, a tu jefe no le podía detallar la relación que alguna vez llevamos. -Amigas de la infancia- le comenté sin intención de expandir mi explicación y con un tono dudoso negó saber a dónde te habías ido. Sólo le mencionaste que necesitabas descansar, salir de la rutina, le dejaste un nombre de hotel y fue lo único que también yo recibí. Cortamos la llamada sin formalidades, dos extraños que lo seguiríamos siendo a pesar el nexo en común: tú.
Obviaste la ciudad en donde te ibas a hospedar, o se me fue negada en la fugaz llamada. Afortunadamente, eran pocos los lugares que respondían a ese nombre. Tuve que, una vez más, usar mi obsoleto talento de investigación para lograr encontrarte. Tuve que prescindir de mucho equipaje pues además de que el espacio que el papel ocupaba era proporcionalmente mayor, mis hombros comenzaron a sucumbir ante el excesivo peso. Había que revisar cinco recepciones que pudieran tener tu nombre en la lista de huéspedes. Siempre he agradecido la invención del teléfono, esta vez no fue la excepción, si bien gasté un poco en ladas internacionales, me ahorré un par de pasajes.
Al fin te encontré en la base de datos que manejan esos hoteles internacionales gracias a un tal Daniel, un recepcionista muy colaborador. Me dijeron que estabas en su sucursal más reservada, en un bosque a un lado de una carretera vieja poco transitada; yo conocía bien esos rumbos, era el antiguo camino para ir a mi ciudad. Después de la aparición de la autopista, nunca me enteré de la construcción de ese hotel. Llegué con las manos llenas y la espalda ya fatigada, ahora entendía tu aversión al transporte público y tu obsesión porque me comprara un carro. Para mi mala suerte, tu registro de salida había sido minutos antes de mi llegada.
Rendida, decidí volver a casa, no sin antes, frustrada, abandonar todas las cartas a un lado del camino; eran el recuerdo de un fallido encuentro, uno que nunca sucedió. Decidí conservar la primera carta, la inaugural de toda esta travesía, la leería con añoro al llegar a casa y después la guardaría en el cajón con todas tus fotos, con todo recuerdo. El viaje de regreso fue corto y decepcionante, en retrospectiva, nunca escucharías esas palabras que con dulzura le dictaba por las noches a mi pluma. Caminé de la terminal a mi casa, el trayecto no era corto, pero era sólo yo y mi carta las que caminaban por las calles de aquella ciudad.
¿Cuál sería mi sorpresa? A media cuadra de mi hogar comencé a buscar las llaves en el bolsillo y al levantar la mirada para abrir, te encontré en el marco de mi puerta; con una maleta, con tu sonrisa, con tu segundo nombre, con tu añoro también. No pude más que estirar la mano y entregarte la carta. Abrí la puerta y con un gesto de manos te invité a pasar mientras tú, con delicadeza abrías el sobre con cuidado de no maltratar el papel. Arrastré con cuidado tu equipaje dentro de la casa y miré sobre las calles que una ventisca arrastraba la tierra y las ramas, sabía que no sufrirían distinta suerte las memorias de ese viaje.
Entré a la casa y cerré la puerta tras de mí.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Fue un encuentro breve, silencioso.

Se miraron a los ojos por primera vez

entre lo ajeno de la luminosidad,

las manos, entre albas, ya sabían el camino.


Era poco el tiempo, largo el descuido;

En contraria dirección, la cutánea necesidad

dirigía entre el cinto y el cuello

el recuento de los días, con frenético anhelo.


Tras silencio rencoroso, el súbito desapego

con el humor testarudo de filtrar las fibras;

entre las piernas no hubo permiso, que sin aviso

marchasen de la vereda a direcciones contrarias.


El adiós, con el viento de verdugo,

contra el afiance de la tela obstinada

fue acaeciendo del aroma impregnada

entre la noche, un recuerdo vago.


Un libro, un momento, tu voz.

No queda nada, ante la renuncia de caricias;

entre el silencio, se entiende la denuncia

del lejano eco del calor.

jueves, 14 de julio de 2011

Días en vela...

Es más de media noche y no logro cerrar las persianas, algo allá afuera me incita a evitar el contacto con las sábanas. Un par de rosas viejas, en la esquina de la habitación, han observado la calma de estas noches; una melodía que no susurra más que los sórdidos encuentros con tu ausencia.
Son pocas las cartas que encontré debajo de la almohada, todas las demás se han ido por innumerables fallas técnicas (desde la fragilidad del papel, hasta la memoria de corto plazo de mi computadora) a un abismo de posibilidades.
Han sido días confusos, eternos para la fragilidad de mis párpados. Aún sin lograr descifrar el origen las calamidades; escalofríos antes de dormir. Suelo encontrar reflejos de tranquilidad dentro de letras, pero últimamente, el consuelo llega por intravenosa.
A la orilla del amoratado mar de la herida, aún se encuentra el tacto de tus versos, como si hubiesen anidado en la cicatriz de tu presencia. No sé cómo borrar(te), suelo remitir(me) a los años y trasnochar por la esperanza del eminente enemigo de tu tiempo.
Regresaste y yo desnuda bajo el áspero susurro de la noche, que a gritos indica tu camino paralelo, para encontrar la debilidad de tus palabras: mi libertad.

Es tan indescriptible, si tan sólo supiera qué pasa aquí; sería tan fácil, como lo fue hace poco.

lunes, 9 de mayo de 2011

L'amore in acqua

Es esta sal, que al tenerte lejos, me sabe a tus besos.
estas húmedas pestañas, que pintan el color de tus aires.
aquél carmín impregnado de abandono, que opaca esta tez.
son las tempestades que desbordan el alma, frente a tu desenfreno.
-No me dejes nunca
-¿Por qué?

-¡¿Es acaso necesario de explicar?!
Vaya, es amor que brota de mis ojos.



(K<3)

miércoles, 27 de abril de 2011

Acá dentro me dicen que no, pero te miro


y ¿qué más remedio me queda?


ofuscada en la profundidad,


me arrastran tus olas al abismo de tus besos.

viernes, 25 de febrero de 2011

Quiahuitl

Hoy desperté con el tiempo encima para empezar el día, pero con poca prisa comencé con la rutina. Había amanecido nublado ese día pero como los anteriores, no había posibilidad alguna de que lloviera, lo había escuchado en la radio, así que tome un suéter ligero al azar para partir tarde a clases. No llegué tan retrasada como esperaba, había tenido suerte en llegar a la parada del autobús justo en el horario que sigue mi ruta, un horario bastante inestable diría yo; hay días que tarda no más de un cuarto de hora y otras decido caminar por las calles congestionadas de San Ángel y llegar aún más pronto que si esperara.
Una angustia inexplicable recorría mis manos, suelo presionar la coyuntura de mis dedos contra el pulgar hasta escuchar un crujido cuando estoy inquieta. No había razón aparente. No, no era porque el día anterior había tenido un reencuentro inesperado con un recuerdo. No, tampoco eran los reclamos acallados que se me habían confesado entre charlas nocturnas. Y no creo que tuviera relación con la ansiedad que me provocaba caminar en las calles después de caída la luna, tras un infortunio de mis cercanos que había sufrido un asalto con segundas intenciones. Nada de eso transitaba por mi mente ofuscada con nubes de incoherencia.
Tras esperar la última hora de clases matutinas, el nerviosismo aumentaba de manera exponencial, y la genética comenzó a también tomar partida en el asunto. Las manos comenzaron a temblarme, como cuando veo a mi abuelo intentar escribir y su Parkinson no lo lleva más que a la desesperación; suerte que yo aún escribo.
Terminé por salir decepcionada de mi clase, cuestionaba mi pertenencia en ese lugar, mis capacidades, mi posible Parkinson. Partí sin pensarlo más a comer, pues no tenía más de dos horas antes de la cátedra restante del día. En el autobús de regreso las piernas también comenzaron con la turbulencia involuntaria, que por más que intentara, no podía controlar. Las comisuras de mis uñas también comenzaban a resentir aún más mi histerismo, siempre he tenido esa manía, pero en cuanto mis labios detectaron humedad, seguida por un metálico sabor bermejo, sabía que tenía que parar.
De regreso a la escuela, tenía la cabeza vuelta un cajón de curiosidades, dónde vas almacenando cosas inútiles hasta que se vuelve imposible encontrar algo y en realidad no tienes, que te sirva, nada. El único comentario coherente que recibí por dentro fue el de pasar a la farmacia después de clase por esa cinta porosa que usan los doctores, que en realidad nunca le había encontrado utilidad alguna.
De regreso a casa, pensamientos bastante oscuros cruzaron un nudo en mi garganta, y obligaron a mis lagrimales a cumplir su función lubricante. De inmediato intenté borrarlo, seguido así de unas cuantas gotas en mi cuerpo que llamaron mi atención, -una llovizna- pensé. Seguí caminando intentando bloquear los sonidos de los pasos en la acera y los autos en desesperación por la poca fluidez del tráfico. Ya sentada en el eficiente transporte público, a lado de un estudiante de medicina que regresaba a su casa después de una jornada larga de prácticas y del otro lado una niña de no más de años curioseando en la bolsa del mandado de su madre, el abrupto sentimiento de inseguridad regreso. No, no era el hecho de que iban a atracar a los pasajeros del camión; tampoco la sensación de caminar en la oscuridad sola, vulnerable y sin nadie quien me esperara de vuelta. Era más bien la neurosis de que la farmacia ya iba a estar cerrada.
Bajé los escalones en mi parada y el colectivo arrancó antes de que mi pie estuviera completamente libre, casi me caigo, pero me alegro poder bajar antes del asalto; quizás el arma fue creada por esas nubes dentro, nunca lo sabré, ese tipo de delitos dejaron de salir en las noticias, se han vuelto el pan de cada día. Me calmó un poco ver la botica con las luces encendidas, me esperé a que el semáforo tornara rojo y crucé a toda prisa.
Noté la crítica en los ojos del cajero y resentí la desaprobación del médico a su lado, cuando vieron que enredaba el micropore alrededor de mis dedos, ahora no tan rojos; como si ellos no tuviesen manías.
Perdió importancia cuando al salir la llovizna era más bien una abundante precipitación inesperada, que refrescaba los aires de aquella ofuscada noche de una probable patología. Mi permeable atuendo terminó improductivo y ya el agua traspasaba sus fibras hasta tocar lentamente mi piel.
Y fue esa sensación, esa primera gota de agua, lo que en toda una jornada no había podido lograr. Una relajación absoluta que terminó por dominar la constante e inestable vibración de mis nervios. Fue esa brisa la que curó mi boca y mis manos, que disolvió el olor cobrizo del rastro de la sangre. El camino empedrado comenzó a cristalizarse en obsidiana y mis pies resbalaban en ocasiones pero en ninguna sin perder el control de mi propio cuerpo, todo lo contrario, al fin tenía manejo de mis piernas.
La lluvia iluminaba más las solitarias calles por las que tenía que transitar, o quizás las gotas en mis lentes reflejaban los destellos en mi camino. Comenzó a cesar el agua cuando estaba a unos pasos de mi casa, pero no había sentido la suficiente libertad como para dejarla ir dentro del aposento, así que decidí subir a la azotea para esperarme junto con la lluvia que las nubes se calmaran.
Me senté a la orilla del tejado, que da al patio trasero donde mi abuela conserva todo tipo de olores y colores, las adoraciones de su vida después de la muerte de mi abuelo. A lo lejos se alcanzaba a notar una luminiscencia provocada por algún reflector en un rascacielos, este me acompañó a notar el descenso de las últimas gotas, de las pocas que cayeron en mi cabello resbalando por mi espalda.
Un grito ahogado de liberación surgió de mi garganta, con la esperanza de que la sordera de mi abuela fuera suficiente para no despertarla. Tras una sonrisa irónica, voltee ver al cielo, negro de placer, de liberación y entendí que era momento de entrar a casa, cerrar la puerta y dormir un rato.
El crujido de metal junto con el tintineo de las llaves acompañaron a la luz apagada de las escaleras cuando con las manos mojadas logre cerrar la chapa de la puerta sin tiritar.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Inmóviles

Después de cada duda, has logrado desnudar mis ojos de tal manera que es imposible esconderme. Derribaste con tu tacto, muros construidos por ambiciones del orgullo. Sólo tu sonrisa me sacó de un surco repleto de "quizás". Hechizo de tus caricias, en tus palabras y silencio.
¿Recuerdas aquella canción? La que escuchamos esa noche, tan llena de preguntas e inseguridades... Me recuerda a ti, la escucho diario, la pienso, la pinto con mis manos en tu pelo cuando estoy contigo. Ya no he sentido eso, sí eso, lo que me evitaba tenerte cerca; retraída por años dentro de un espejo de temores. He regresado a ser quien añoraba que conocieres, tímida, sensible y muerta de miedo. Temerosa de ti y de tu perfección, de ser poco merecedora, de ser muy poco, de perderte.
Pero esos ojos, tal profundidad de mirada ha calmado la tempestad. El frío, común de tus manos, esclarece los impulsos sofocantes de inseguridad. Forjas en mi vida, pasos nuevos, y en tus labios encontré la virtud de las palabras correctas en mi garganta; poesía frágil.
Desde la sombra a mi medio día, hasta el cabello de luna a tu media noche, me recorres por la mente, por el cuerpo, de la sonrisa hasta mis mareos inoportunos por no haber comido, por falta de ti en realidad. De mis venas surgen tus misterios encantadores que habitan en mi todo el tiempo.
¿Dudas? Quizás, pero no las de siempre. Preguntas de un mañana irrelevante que cuando compartimos un mismo cielo, ya no importan. Estar frente a frente, sin nada que decir, con ese instante inmóvil permanente en el recuerdo. Tan sólo para decirte con mis manos, con mi cuerpo, regalarte esa mirada y quitarte la idea de que un día me marcharé.

jueves, 21 de octubre de 2010

Amantes

Se detuvo un instante a contemplarla. Jamás había percatado su belleza tan de cerca. En ese instante comprendió, la fugacidad de sus encuentros. El desapego con ella la había llevado a no inmutarse, desde hacía ya mucho tiempo, con aquella luz.
Permanecieron quietas, la una viendo a la otra, sin pálabra alguna. Eran palabras de amor pronunciadas por aquellos que callan. Era esa descarga eléctrica entre ambas la que la hizo suspirar.
Luces que tienen sabor a octubre, las más hermosas del año. Después de contemplarla en ese instante, que pareciera eterno, concibió las luces y el movimiento de la ciudad, tenía que regresar a casa. No sin antes despedirse de su amante, la luna.

domingo, 10 de octubre de 2010

La libertad es definida como la capacidad de obrar de una manera u otra, sin que algún factor externo ejerza presión sobre nuestros actos.
¿Quién en realidad es libre? Estando atado a ciudades y destinos, amores y desamores. ¿Cuántos de nosotros habremos querido decir adiós sin mantener un lindo lazo a la distancia? Un fuego que eventualmente renacerá entre las brasas. Quemando promesas, sin querer fallar, sin poder huir. Esperando decepciones, desertores de proyectos.
He decidido la mitad de mi vida a base de sueños, ajenos la mayor parte del tiempo. Habiendo comprado mi libertad en una ciudad lejana, una inversión bastante verosímil a los ojos del extraño, pero bastante ficticia cuando la tengo de frente.
He creído abandonar mis ataduras forjadas en años, vendiéndome la idea de que no pertenezco; quizás ya no lo haga. Sin embargo regreso gustosa a esa ausencia de libertad, a este rompecabezas en el cual ya no encajo. Ya no encajo, pero busco y busco la manera de hacerlo, algunos lo llaman sentido de pertenencia, yo temo llamarlo hogar.
Lamentablemente aquel pasado del que huyo, me acoje en brazos cálidos de sus días, de sus calles atestadas de los mismos pasos, de rutinas y caras familiares. Hay veces que me recibe con un cálido aire de bienvenida, otras veces que ni siquiera se percata de mi larga ausencia.

Este lugar, frío, áspero, sin memoria. Al que a veces llamo hogar, al que a veces entierro en el olvido. Afirmo y me repito mil veces que me ha estado sofocando esa libertad que por tanto tiempo ansiosa añoraba. Temo afirmar, que al regresar a mi hogar, es la única manera de sentirme libre.
Con mi gente, a veces distante, pero mía. Con sus colores, opacos en ocasiones, pero presentes. Con su clima, a veces gélido, pero hogareño. Con su soledad, a veces tímida, pero recomfortante.

Sí, aqui y allá, siempre perteneciendo a donde mis pies van. Dejando un poco de mi, en corazones que quieran acogerme, memorias que quieran recordarme y manos que quieran conservarme.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Confesiones en carretrera.

Anoche, tras un día en el campo y de regreso en carretera, nos detuvimos a hablar, tus padres se bajaron del auto y sólo nos quedamos los tres.
Tenías esa mirada, la de siempre, la que extraño, brillante, de añoranza, de posible amor. Es una lástima que no me estuveises viendo a mí. Tenías esa sonrirsa, incrustada en sus palabras, repleta de "quizás", roja de emoción.
Yo, como expectador de tu nuevo amor. Con el corazón destrozado, confundido, perplejo; lo veo a él, sabiendo que te dará lo que yo no pude, envidiandolo, careciendo de simpatía por él, a pesar de saber que puede ser el que te haga feliz.
Tanto él como yo escuchamos tu silencio. Puede que él piense que estás indecisa, que no lo aceptarás, que tienes tus dudas, que no lo quieres, pero no te conoce como yo. Yo supe que esa mirada no es de todos los días, a leguas se notaba la conmoción que te causan sus palabras, sus manos, sus caricias. Yo sé que puede que estés indecisa, pero es más por miedo que por déficit de cariño. Demasiado bueno para ser verdad. ¿Quién te garantiza que no será como todos (incluyéndome) que te hirieron con desencanto, inestabilidad y frustración? Tienes miedo de caer de nuevo en el encanto del que estás apenas saliendo.
No lo sé, pero ayer bajo la lluvia, fue muy convincente. Creo que su tartamudeo, su delicadeza y sus antenciones contigo fueron suficientemente sinceras y a pesar de que me torture el hecho de no saberte mía, creo que eso es lo que buscas. Tu felicidad se puede ver reflejada en él, calla esos instintos que te dicen que te detengas; escucha a tu corazón latir cuando lo ves.

Seguimos el trayecto sin decir una palabra los tres. Tu madre repetía persistentemente palabras que me dolerían demasiado, él intentaba llamar tu atención, por mi cabeza cruzaban infinidad de episodios, ¿y tú? No lo sé, no podía verte a los ojos. Probablemente te preguntabas qué tanto me decía tu mamá, quizás pensabas en él y en su futuro, quizás pensabas en mí y en nuestro pasado.

Lluvia incesable golpeando los vidrios del auto, luces de una ciudad ajena, canción llena de memorias en la radio: Confesiones en carretrera.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Amor lejano

Quizás esto de la ambiguedad entre nosotros me tenga un poco ansiosa. Extraño aquellos casuales encuentros furtivos en tu casa. De los que nadie se enteraba, sólo tú, yo y tus muebles.
Quedarnos en silencio abrazados, escuchando tu respiración en mi cabello y las ansias de tu boca por encontrar la mía.
No quiere decir que todo este esfuerzo por sacarte de mi vida haya sido en vano,
es simplemente la sensación de añoranza que viene en nuestro kit de naturaleza humana.
Te pienso a diario, te pienso bien y te pienso mal, te extraño y te repudio.
Me eres indiferente y me eres todo, sea lo que sea, eventualmente y sin mi consentimiento, estás presente.
Tengo de mi lado la distancia, dos cuidades que han ido enajenandose cada vez más en sí mismas, pueden ser kilómetros y horas si quiero, pueden ser tan sólo minutos si quisieras.
Si pudiera verte de nuevo, tan sólo lo haría para guardar una última imagen tuya, una poco merecedora de mí y así estar tranquila con mi abandono. Te dejo un par de años míos y fragmentos de esta perecedera memoria, para que los atesores o los envicies como quieras. Son tuyos.
En unos años, cuando tus pasos de nuevo coincidan con los míos, tú tendrás aún presente esa astilla que dejé en ti inconclusa. Sin embargo, esta piel mía, alguna vez rociada con los perfumes de tu amor, habrá disipado por nuevos aires ese aroma y de ti sólo quedara la vaga idea de lo que fuiste, lo que nunca llegaste a ser.

martes, 21 de septiembre de 2010

Abriendo el grifo del corazón

Han sido noches pesadas, ausentes. Carentes del calor de tu presencia.
En palabras se me ha ido la vida y tú no has hecho mas que ensordecer ante ellas,
me has dicho infinidad de ocasiones, sucesos nuevos de tu vida que no necesito saber.
Que no quiero.
La distancia nos ha jugado un juego de indesición, me has extrañado y te has hartado de mi en la misma semana. Yo siempre te extraño.
En miradas tímidas has hablado con palabras del pasado, he caído en tus besos en ocasiones recientes y me he dejado llevar por arrebatos de mi inverosímil locura. Y tu dejas de quererme las semanas siguientes, dejas de buscarme y abrazarme, varada en la trancisión incompelta de tu ausencia.
Me dejas sola, me compañas siempre. Me hablas de tus amores, me acaricias con el tuyo. Me quitas la respiración y me dejas esperando. Había logrado comprender el sabor de tus palabras, sin embargo estas semanas me has hecho creer que es mentira. Sin embargo, me ha sido imposible descifrar, cuándo me amas de evrdad y cuándo lo haces por inercia. Movimiento que parece antecedido por tu historial conmigo.

Torbellino de ideas que acompañadas por tu imagen preceden a la sonrisa inerperada de la noche; así mismo la lágrima que vierte sobre la luna el espejo de tu imagen. Palabras derrochantes de sentimiento que han de liberarme de la congestión que tengo de ti.

jueves, 16 de septiembre de 2010

"Míranos aquí diciendo adiós"

Hace un par de días alguien me dijo "Tú eres la única que sigue siendo amiga de sus ex novios".
Se me hace difícil aceptar ésto como una crítica negativa. Nunca he considerado necesario cortar de mi vida a nadie, siempre he pensado que me hace más daño a mí tener ese tipo de sentimientos negativos.
Tú, me has hecho cambiar de opinión. Pero no te des tanta importancia, no ha sido una sorpresa encontrarme con esa persona que me negaba a creer que eras. Todos me lo advirtieron y no escuché, fielmente esperaba que fuera una máscara, pero que conmigo eras real, sincero. Quizás tus ojos aprendieron a mentir muy bien o nunca los vi sinceros.
Yo no tengo nada contra ella, no, en realidad le deseo suerte contigo y que aprenda a conocerte y comprenderte como yo nunca lo logré; por que sólo puedes abrirte con alguien. Nunca supe a que tanto le tenías miedo, histeria y alucine.

Un hecho es, que el que no me hables, sólo demustra que lo que hiciste estuvo mal y tú lo sabes, lo sabes mejor que nadie y temes que te haga ver tu error. De mí no escucharás un reclamo, una súplica, ni un regaño; simplemente no escucharás nada. y cuando extrañes el sonido de mi voz, sólo recuerda que me dejaste ir y ten por seguro que esta vez no voy a regresar.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Hoy te extrañe más que siempre.

Hoy te extrañe más que siempre. Entre palabras con los tuyos, te toqué, te pensé, te escribí. Añoré esos días lluviosos contigo, aquellos erosionados por la distancia, el espacio.

No debería de estar escribiendo esto, no te lo mereces, yo sé que si te sigo buscando, no podremos seguir con nuestras vidas, esta nueva experiencia que es la universidad. Pero hoy te extrañé, mucho y más que siempre, te quería tener cerca, verte de frente y decirte lo que nunca me atreví. No te voy a decir que te necesito, pues me ha ido bastante bien con eso de las tres comidas al día, pero me he sentido mal, vacía, sin ti.
Te busco y no te encuentro en las páginas de mis días, en los versos de mis sueños. Te busco y no te encuentro, me siento fría. Me habías dado ese calor del que siempre carecía.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Lejos

Hoy estás presente.
No estás aqui, y aquí te encuentro.
Los silencios te mencionan
y en palabras no te siento.
Presente, hoy tú estás,
en mis lágrimas y sosiegos.
Ciega de tus ojos,
sorda de tus versos.
Te encuentro aquí
y tu te encuentras lejos.

martes, 31 de agosto de 2010

Sigues inconclusa aquí dentro

Es difícil escribir esto, no se siquiera por qué lo estoy haciendo, pero sabiendo a la vida tan corta y a la muerte tan pronta, quisiera saber y que supieras esta historia.
Hubo tantos cabos sin atar, un capítulo inconcluso que juraría que el tiempo haría el tabajo de escribir la línea final, pero no lo hizo. Sigo esperando el día en que todas esas palabras tengan coherencia, que me mires a los ojos y pongas final al cuento que vivimos, en el cual seguimos atrapadas.
No sabría decirte si fue falta de amor, de paciencia, de consuelo, por la cual me engañaste. ¿Fue un engaño? No estoy segura de saber cúales de tus palabras eran verdad o eran costumbre; si a la fecha no te creo, perdóname, pero me has acostumbrado a tus mentiras.
¿Por qué fue, Si no por desamor, desesperación o desengaño? Si tus ojos me suplicaban confianza y miraban por otro camino, y tu aliento, ese aliento que plantaba las semillas de la eternidad, sobre mi aire y mis latidos, dejo de soplar cuando otros labios le miraron.
Nunca lo supe, hoy en día me he quedado varada en la inmensidad de posibilidades, todas estas teorías refutadas por tu silencio, tu indiferencia. ¿Qué acaso a ti te dejó de importar? Quizás nunca le diste la magnitud que yo le sigo dando. Esta incertidumbre de realidades, de hechos; me ha tenido pensativa esta última semana, siempre.
Si te pído un día, tan solo 24 horas para escuchar tu versión; ¿Me la contarías? Estaría encantada de leerte, descubrirte, desnudarte, y que tus labios no me den explicaciones, mas que tu alma mire en silencio y surja la verdad.
No pretendo regresiones, epifanías, recuerdos, ni sincretísmos; ese amor quedó desvanecido en las heridas. Pero exijo claridad, me temo que eres la única que puede concederme esa lucidez.
Dime que cruzaba por tu mente esos años, estos meses labrados en mi memoria, quizas puedas pulir mi recuerdo de ti, de nosotras. Así te pido que me concedas tus palabras, no para juzgar, si no para entender; y que después de 2 años y cuatro meses logre concebir tus ideas, tocarlas, sentirlas, sentirte, sentirme en ti. Dame el privilegio de terminar nuestra historia y que la linea final nos llene, a amabas, de alivio para respirar la vida de nuevo.

jueves, 26 de agosto de 2010

Quítame el impulso de ti

Mujer, aleja esas manos de las mías,
que suelen no responder
cuando les pido que se detengan.
Quizás si quiero tocarte,
no lo sé; déjame con la duda,
déjame sola. Que tus ojos,
no toque siquiera un instante
el reflejo de este deseo.
Mis fantasías contigo, me alimentan
lo suficiente como para tenerte
lejos, muy lejos de estas manos.
Que los ocasionales roces,
no sean ni eso, suficiente tengo
en casa. No hay que complicar las cosas
aquí, la nueva ciudad.
Tuya, mía, de todos.

Haz que tu cuerpo, el mismo polo,
repela al mío, así no caer en este vicio
llamado esperanza.

domingo, 25 de julio de 2010

Once again you found out the way to break my heart...

Todo se sintió tan bien cuando ella dijo "Ya soy una más de ellas", pues significaba que todo sentimiento ajeno a esa amistad había quedado atrás. Podía sentirme cómoda junto a ella sabiendo que ninguna de las dos haría algo estúpido, mucho menos esa noche. Sentía recomfortante el hecho de que un beso no significara nada más que un hecho de confianza extrema, que esa noche nos expresamos todas sin inhibiciones.
Sí, esa noche pense que sería diferente a todas las pasadas, sentía que la amistad había alcanzado cierta cúspide y que en su defecto no nos dejaríamos llevar por actos simples basados en lujuria.
La noche transcurrió y tomé responsabilidad de cinco personas cuyas vidas son tan importantes como la vida propia. Entre todas, ella perdida y confundida respecto hacia donde iba y de donde ha venido, comenzó a retomar un tema olvidado por mí hacía bastantes meses; fue obvia mi reacción en evitar el tema y decir que todo había sido perdonado a su debido tiempo, y así había sido.
Insistió en tocar el tema, pero las palabras ya no eran necesarias; comencé a notar las señales que siempre me daban pauta para intenciones secundarias y como siempre culpé a mi excesiva imaginación de malinterpretarlas.
Era ya pasada la media noche y decidimos que teníamos que dormir antes de que el amanecer nos alcanzara. Ella tan sólo dejaba que yo le asistiera en cosas que despues de cierto número de copas nos perecen un poco díficiles de realizar, pero algo en mí sabía que sus manos no estaban en los lugares comunes; de neuvo, lo ignoré.
Fue hasta que recostadas en una noche fría y casa ajena, su necesidad de calor humano la llevó a tardíamente caer en la rutina de estar en esa misma situación. Mis manos en un comienzo dudaron, se resistían a caer de nuevo en un vicio que años atrás pareció insuperable; pero al final, cedí. Caí en la tentación que parecía tan olvidada, pero el cuerpo es debil, algunos dicen. Así unos cuantos momentos más de calor entre ambas, hasta notar que sus intenciones eran las mismas que las veces pasadas, pura satisfacción física.
De inmediato me vino a la mente el nombre de la mujer que decía amar, y salí corriendo de esa realidad. No podía dejar de pensar en lo que había hecho, ni en la confianza que había traicionado; día atrás había cuestionado la confianza ciega que mi nuevo amor me tenía, supongo que tenía razones para dudar de mí.
No logré escuchar a las 4 de la madrugada todas las disculpas ni excusas que ella me decía, no podía dejar de pensar en cómo le diría a la mujer de mis sueños que de nuevo le había roto el corazón o por lo menos pronto lo haría.
No podía comprender de que me había perdido, pues hasta lo último que registré tan sólo eramos amigas, y ya nunca debía pasar lo que esa noche pasó. Me sentí traicionada, pero era algo que no podía expresar; ella necesitaba mi amistad, y fue tan sólo un segundo de arrebato, después me controlé.

Durante el amanecer no pude conciliar el sueño, eran demasiadas cosas por asimilar. Sólo me quedaba pretender que nunca pasó con una, y asumir mi responsabilidad con la otra; sabía que mi amor era tan grande que no pretendía ocultarle así, sólo le dejaría la oportunidad de perdonarme, de nuevo.

Sin embargo, la que quedó exonerada de mis actos, sigue ahí como si nada hubiese pasado, habiéndome roto el corazón una vez más antes de partir.

sábado, 17 de julio de 2010

Para bien o para mal, por siempre!

Uno se da cuenta de ciertas cosas en las situaciones más inesperadas. Hace cuatro días ansiaba salir de la ciudad y no pensar en nada más que en mí. Decidí mentirle a mi madre con respecto a donde iba y acepté una invitación que jamás creí recibir, alejarme de la ciudad parecía una buena idea y sobre mi conciencia tomé el primer autobús que me llevara lejos.
Llegando a mi destino comencé a recapacitar sobre mi inconciencia y por momentos la duda me arrastraba a querer regresar, pero era demasiado tarde. Cuando una camioneta oscura se acercó a mí y en su interior vi a una persona conocida, el miedo pareció desvanecerse,-Ya estoy aqui- pensé y sabía que a esas alturas arrepentirme no iba a servir de nada.
Debo admitir que la primera noche fue difícil, era una situación fuera de mi zona de seguridad que me llevaba a relacionarme con personas adultas desconocidas o que con anterioridad me habían guardado algún tipo de rencor por situaciones mal entendidas. Las manos me sudaban, y sentía que la ansiedad subia por mi pecho cada vez que respiraba esos aires para mí desconocidos. Después de unos momentos de conocer el centro de la pintoresca ciudad, que me recordaba al pueblo de mi padre, llegamos a la casa en donde permanecería las siguientes 3 noches.
La cabeza aún me parecía flotar en un cierto desconcierto de lo surreal en la situación, fue hasta que ella, la que mucho tiempo adoré, detesté, reproché, me le entregué, le discutí y confundí de muchas maneras, portaba un regalo que yo le había obsequiado tiempo atrás. Fue reconfortante saber que lo utilizaría frente de mí sin que se le cruzara por la cabeza que yo lo malinterpretaría; no, ya nunca de esa manera, sencillamente me llenó de satisfacción que fuera de su agrado.
De ese instante en adelante supe que no había por que tener miedo, personas a las que tanto tiempo les había tenido miedo me habían abierto las puertas de su casa y hacía meses atrás que se habían dado la oportunidad de conocerme. Tenia la confianza en mí misma para saber que era sufucientemente buena persona como para convencerlos de aquello, y mucho más importante convencerlos que que su hija también era mi adoración.
Basta decir que pasamos buenos momentos junto al acogedor arrebato del fuego que subía por el ladrillo rojo de la chimenea. Riendo y escuchando anécdotas inverosímiles de nuestras vidas. Así fueron tres de los cuatro días que sencillamente disfrute en el campo con la luz de las luciernagas impregnadas en los ojos y las noches estrelladas latiendo entre mis sueños.
Era difícil pensar que ella no se acordase de mí con un cielo tan estrellado, pero la idea sólo me pasó una vez por la cabeza, despues descubrí que ya no tenía importancia.
No podía pedir más, estaba vivendo lo que con muchas ansias había esperado hace meses, la aprobación de las únicas dos personas de las que me importaba su opinión.
Hace unas cuantas horas, antes de partir de regreso a mi realidad, con mi futuro en incertidumbre a la vuelta de la esquina, aquella aprobación tan esperada fue expresada en palabras; sin embargo al escucharlo, me quede sin ellas, pues fue tal la conmoción que lo único que pude hacer fue sonreír.
Al cabo de un rato partí a la que podría llamarse mi tierra y en el asiento trasero del taxi al que me subí, comencé a observar mi reflejo en el espejo retrovisor y noté que las lágrimas comenzaban a correr por mi rostró.
Era tal mi alegría que no podía contenerme y las palabras prometedoras de una amistad duradera me conmocionaron al punto de no poder más.
En ese instante comprendí, por que ella y yo habíamos atravesado incontables momentos, buenos, malos, terribles e increíbles, por que a pesar de lo duro que ha sido superarlos, juntas lo hemos hecho y cada prueba que se le ha puesto a la hermandad que hoy compartimos ha sido exitosamente aprendida y comprendida.

Si algo he apendido en esta última semana es que el rencor es un juicio mal elaborado. No voy a negar que yo también tenía cierto tipo de rencor a esa familia por haberme juzgado mal en un principio, pero hoy he descubierto nuevas facetas de sus vidas, que me llevan a entender las decisiones que hicieron respecto a mí a su debido tiempo. Lo importante ahora, es que su hija, mi adoración de muchos años atrás, se ha convertido en mi hermana y tengo la seguridad de que así seguirá siendo hasta la eternidad; por todo ese tiempo les estaré agradecida por haberla creado y por haberme dejado entrar en sus vidas.

Al final de todo, la eternidad si estuvo hecha para nosotras, simplemente no de la misma forma que habíamos previsto.