jueves, 14 de julio de 2011

Días en vela...

Es más de media noche y no logro cerrar las persianas, algo allá afuera me incita a evitar el contacto con las sábanas. Un par de rosas viejas, en la esquina de la habitación, han observado la calma de estas noches; una melodía que no susurra más que los sórdidos encuentros con tu ausencia.
Son pocas las cartas que encontré debajo de la almohada, todas las demás se han ido por innumerables fallas técnicas (desde la fragilidad del papel, hasta la memoria de corto plazo de mi computadora) a un abismo de posibilidades.
Han sido días confusos, eternos para la fragilidad de mis párpados. Aún sin lograr descifrar el origen las calamidades; escalofríos antes de dormir. Suelo encontrar reflejos de tranquilidad dentro de letras, pero últimamente, el consuelo llega por intravenosa.
A la orilla del amoratado mar de la herida, aún se encuentra el tacto de tus versos, como si hubiesen anidado en la cicatriz de tu presencia. No sé cómo borrar(te), suelo remitir(me) a los años y trasnochar por la esperanza del eminente enemigo de tu tiempo.
Regresaste y yo desnuda bajo el áspero susurro de la noche, que a gritos indica tu camino paralelo, para encontrar la debilidad de tus palabras: mi libertad.

Es tan indescriptible, si tan sólo supiera qué pasa aquí; sería tan fácil, como lo fue hace poco.

lunes, 9 de mayo de 2011

L'amore in acqua

Es esta sal, que al tenerte lejos, me sabe a tus besos.
estas húmedas pestañas, que pintan el color de tus aires.
aquél carmín impregnado de abandono, que opaca esta tez.
son las tempestades que desbordan el alma, frente a tu desenfreno.
-No me dejes nunca
-¿Por qué?

-¡¿Es acaso necesario de explicar?!
Vaya, es amor que brota de mis ojos.



(K<3)

miércoles, 27 de abril de 2011

Acá dentro me dicen que no, pero te miro


y ¿qué más remedio me queda?


ofuscada en la profundidad,


me arrastran tus olas al abismo de tus besos.

viernes, 25 de febrero de 2011

Quiahuitl

Hoy desperté con el tiempo encima para empezar el día, pero con poca prisa comencé con la rutina. Había amanecido nublado ese día pero como los anteriores, no había posibilidad alguna de que lloviera, lo había escuchado en la radio, así que tome un suéter ligero al azar para partir tarde a clases. No llegué tan retrasada como esperaba, había tenido suerte en llegar a la parada del autobús justo en el horario que sigue mi ruta, un horario bastante inestable diría yo; hay días que tarda no más de un cuarto de hora y otras decido caminar por las calles congestionadas de San Ángel y llegar aún más pronto que si esperara.
Una angustia inexplicable recorría mis manos, suelo presionar la coyuntura de mis dedos contra el pulgar hasta escuchar un crujido cuando estoy inquieta. No había razón aparente. No, no era porque el día anterior había tenido un reencuentro inesperado con un recuerdo. No, tampoco eran los reclamos acallados que se me habían confesado entre charlas nocturnas. Y no creo que tuviera relación con la ansiedad que me provocaba caminar en las calles después de caída la luna, tras un infortunio de mis cercanos que había sufrido un asalto con segundas intenciones. Nada de eso transitaba por mi mente ofuscada con nubes de incoherencia.
Tras esperar la última hora de clases matutinas, el nerviosismo aumentaba de manera exponencial, y la genética comenzó a también tomar partida en el asunto. Las manos comenzaron a temblarme, como cuando veo a mi abuelo intentar escribir y su Parkinson no lo lleva más que a la desesperación; suerte que yo aún escribo.
Terminé por salir decepcionada de mi clase, cuestionaba mi pertenencia en ese lugar, mis capacidades, mi posible Parkinson. Partí sin pensarlo más a comer, pues no tenía más de dos horas antes de la cátedra restante del día. En el autobús de regreso las piernas también comenzaron con la turbulencia involuntaria, que por más que intentara, no podía controlar. Las comisuras de mis uñas también comenzaban a resentir aún más mi histerismo, siempre he tenido esa manía, pero en cuanto mis labios detectaron humedad, seguida por un metálico sabor bermejo, sabía que tenía que parar.
De regreso a la escuela, tenía la cabeza vuelta un cajón de curiosidades, dónde vas almacenando cosas inútiles hasta que se vuelve imposible encontrar algo y en realidad no tienes, que te sirva, nada. El único comentario coherente que recibí por dentro fue el de pasar a la farmacia después de clase por esa cinta porosa que usan los doctores, que en realidad nunca le había encontrado utilidad alguna.
De regreso a casa, pensamientos bastante oscuros cruzaron un nudo en mi garganta, y obligaron a mis lagrimales a cumplir su función lubricante. De inmediato intenté borrarlo, seguido así de unas cuantas gotas en mi cuerpo que llamaron mi atención, -una llovizna- pensé. Seguí caminando intentando bloquear los sonidos de los pasos en la acera y los autos en desesperación por la poca fluidez del tráfico. Ya sentada en el eficiente transporte público, a lado de un estudiante de medicina que regresaba a su casa después de una jornada larga de prácticas y del otro lado una niña de no más de años curioseando en la bolsa del mandado de su madre, el abrupto sentimiento de inseguridad regreso. No, no era el hecho de que iban a atracar a los pasajeros del camión; tampoco la sensación de caminar en la oscuridad sola, vulnerable y sin nadie quien me esperara de vuelta. Era más bien la neurosis de que la farmacia ya iba a estar cerrada.
Bajé los escalones en mi parada y el colectivo arrancó antes de que mi pie estuviera completamente libre, casi me caigo, pero me alegro poder bajar antes del asalto; quizás el arma fue creada por esas nubes dentro, nunca lo sabré, ese tipo de delitos dejaron de salir en las noticias, se han vuelto el pan de cada día. Me calmó un poco ver la botica con las luces encendidas, me esperé a que el semáforo tornara rojo y crucé a toda prisa.
Noté la crítica en los ojos del cajero y resentí la desaprobación del médico a su lado, cuando vieron que enredaba el micropore alrededor de mis dedos, ahora no tan rojos; como si ellos no tuviesen manías.
Perdió importancia cuando al salir la llovizna era más bien una abundante precipitación inesperada, que refrescaba los aires de aquella ofuscada noche de una probable patología. Mi permeable atuendo terminó improductivo y ya el agua traspasaba sus fibras hasta tocar lentamente mi piel.
Y fue esa sensación, esa primera gota de agua, lo que en toda una jornada no había podido lograr. Una relajación absoluta que terminó por dominar la constante e inestable vibración de mis nervios. Fue esa brisa la que curó mi boca y mis manos, que disolvió el olor cobrizo del rastro de la sangre. El camino empedrado comenzó a cristalizarse en obsidiana y mis pies resbalaban en ocasiones pero en ninguna sin perder el control de mi propio cuerpo, todo lo contrario, al fin tenía manejo de mis piernas.
La lluvia iluminaba más las solitarias calles por las que tenía que transitar, o quizás las gotas en mis lentes reflejaban los destellos en mi camino. Comenzó a cesar el agua cuando estaba a unos pasos de mi casa, pero no había sentido la suficiente libertad como para dejarla ir dentro del aposento, así que decidí subir a la azotea para esperarme junto con la lluvia que las nubes se calmaran.
Me senté a la orilla del tejado, que da al patio trasero donde mi abuela conserva todo tipo de olores y colores, las adoraciones de su vida después de la muerte de mi abuelo. A lo lejos se alcanzaba a notar una luminiscencia provocada por algún reflector en un rascacielos, este me acompañó a notar el descenso de las últimas gotas, de las pocas que cayeron en mi cabello resbalando por mi espalda.
Un grito ahogado de liberación surgió de mi garganta, con la esperanza de que la sordera de mi abuela fuera suficiente para no despertarla. Tras una sonrisa irónica, voltee ver al cielo, negro de placer, de liberación y entendí que era momento de entrar a casa, cerrar la puerta y dormir un rato.
El crujido de metal junto con el tintineo de las llaves acompañaron a la luz apagada de las escaleras cuando con las manos mojadas logre cerrar la chapa de la puerta sin tiritar.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Inmóviles

Después de cada duda, has logrado desnudar mis ojos de tal manera que es imposible esconderme. Derribaste con tu tacto, muros construidos por ambiciones del orgullo. Sólo tu sonrisa me sacó de un surco repleto de "quizás". Hechizo de tus caricias, en tus palabras y silencio.
¿Recuerdas aquella canción? La que escuchamos esa noche, tan llena de preguntas e inseguridades... Me recuerda a ti, la escucho diario, la pienso, la pinto con mis manos en tu pelo cuando estoy contigo. Ya no he sentido eso, sí eso, lo que me evitaba tenerte cerca; retraída por años dentro de un espejo de temores. He regresado a ser quien añoraba que conocieres, tímida, sensible y muerta de miedo. Temerosa de ti y de tu perfección, de ser poco merecedora, de ser muy poco, de perderte.
Pero esos ojos, tal profundidad de mirada ha calmado la tempestad. El frío, común de tus manos, esclarece los impulsos sofocantes de inseguridad. Forjas en mi vida, pasos nuevos, y en tus labios encontré la virtud de las palabras correctas en mi garganta; poesía frágil.
Desde la sombra a mi medio día, hasta el cabello de luna a tu media noche, me recorres por la mente, por el cuerpo, de la sonrisa hasta mis mareos inoportunos por no haber comido, por falta de ti en realidad. De mis venas surgen tus misterios encantadores que habitan en mi todo el tiempo.
¿Dudas? Quizás, pero no las de siempre. Preguntas de un mañana irrelevante que cuando compartimos un mismo cielo, ya no importan. Estar frente a frente, sin nada que decir, con ese instante inmóvil permanente en el recuerdo. Tan sólo para decirte con mis manos, con mi cuerpo, regalarte esa mirada y quitarte la idea de que un día me marcharé.

jueves, 21 de octubre de 2010

Amantes

Se detuvo un instante a contemplarla. Jamás había percatado su belleza tan de cerca. En ese instante comprendió, la fugacidad de sus encuentros. El desapego con ella la había llevado a no inmutarse, desde hacía ya mucho tiempo, con aquella luz.
Permanecieron quietas, la una viendo a la otra, sin pálabra alguna. Eran palabras de amor pronunciadas por aquellos que callan. Era esa descarga eléctrica entre ambas la que la hizo suspirar.
Luces que tienen sabor a octubre, las más hermosas del año. Después de contemplarla en ese instante, que pareciera eterno, concibió las luces y el movimiento de la ciudad, tenía que regresar a casa. No sin antes despedirse de su amante, la luna.

domingo, 10 de octubre de 2010

La libertad es definida como la capacidad de obrar de una manera u otra, sin que algún factor externo ejerza presión sobre nuestros actos.
¿Quién en realidad es libre? Estando atado a ciudades y destinos, amores y desamores. ¿Cuántos de nosotros habremos querido decir adiós sin mantener un lindo lazo a la distancia? Un fuego que eventualmente renacerá entre las brasas. Quemando promesas, sin querer fallar, sin poder huir. Esperando decepciones, desertores de proyectos.
He decidido la mitad de mi vida a base de sueños, ajenos la mayor parte del tiempo. Habiendo comprado mi libertad en una ciudad lejana, una inversión bastante verosímil a los ojos del extraño, pero bastante ficticia cuando la tengo de frente.
He creído abandonar mis ataduras forjadas en años, vendiéndome la idea de que no pertenezco; quizás ya no lo haga. Sin embargo regreso gustosa a esa ausencia de libertad, a este rompecabezas en el cual ya no encajo. Ya no encajo, pero busco y busco la manera de hacerlo, algunos lo llaman sentido de pertenencia, yo temo llamarlo hogar.
Lamentablemente aquel pasado del que huyo, me acoje en brazos cálidos de sus días, de sus calles atestadas de los mismos pasos, de rutinas y caras familiares. Hay veces que me recibe con un cálido aire de bienvenida, otras veces que ni siquiera se percata de mi larga ausencia.

Este lugar, frío, áspero, sin memoria. Al que a veces llamo hogar, al que a veces entierro en el olvido. Afirmo y me repito mil veces que me ha estado sofocando esa libertad que por tanto tiempo ansiosa añoraba. Temo afirmar, que al regresar a mi hogar, es la única manera de sentirme libre.
Con mi gente, a veces distante, pero mía. Con sus colores, opacos en ocasiones, pero presentes. Con su clima, a veces gélido, pero hogareño. Con su soledad, a veces tímida, pero recomfortante.

Sí, aqui y allá, siempre perteneciendo a donde mis pies van. Dejando un poco de mi, en corazones que quieran acogerme, memorias que quieran recordarme y manos que quieran conservarme.